domingo, 22 de septiembre de 2013

¡El problema pastoral más urgente! (II)


“Todos debemos aprender a orar. Es el deber más importante de nuestra vida. (…) La oración no puede ser sustituida por nada”[1].

Y es la primera razón cristiana de nuestra fe. La falta de oración es siempre falta de fe.

                “Creer y orar se funden en un mismo acto,…”[2].

La persona, desde la fe, tiene una respuesta esencial y fascinante, a la pregunta de ¿quién soy yo? Puede decir:

 “Yo soy una relación amorosa con Dios”

La razón de ser de nuestra vida personal es la de realizar nuestra naturaleza profunda. Somos amor, que busca amor, porque estamos hechos para el amor, para el Amor de Dios.

A partir de esa conciencia básica, tiene que desarrollar su realidad orante, como necesidad de recuperarse y de realizarse.

La semilla quiere convertirse en fruto; la naturaleza profunda de cada persona tiende necesariamente a convertirse en oración, en diálogo con Dios, en afán por buscar y encontrar su rostro. Si no lo consigue la persona queda sin realizarse; fracasa en ser persona.


La semilla queda explicada sólo cuando se convierte en manzana. La persona queda explicada cuando ora, y, tanto más, cuanto más crece y progresa en oración.

La oración va realizando la naturaleza profunda que define a cada persona. El hombre sin oración es un indefinido, construido desde fuera, y por acumulación, pero no por crecimiento orgánico, como un árbol que surge desde la semilla y desde sus raíces.
 
Reconocer la realidad que ‘somos’
y actualizar, desde la fe,
esa relación profunda que nos construye y define,
es la oración, por parte del orante.

Orar es el ejercicio más sublime de ser persona. Y desde la irrupción en nuestra historia del Hijo de Dios, orar es el ejercicio esencial de ser cristiano.

Orar es, desde esta perspectiva, el ejercicio más sublime de nuestra fe y la razón vértice de la Iglesia. Y desde la persona, es el ejercicio más definitivo de personalización.

Vivir al margen de esa realidad, que nos hace ser persona, es la más básica forma de perversión humana y de corrupción espiritual.

Y en la base de nuestra perversión siempre están la ignorancia y el pecado. De una manera sencilla, pero clara, Juan de la Cruz atribuye el fracaso de la oración a estas dos causas: ignorancia (no saber), y pecado (no querer)[3]

Hay que aceptar que nuestra naturaleza profunda tiene dificultades para salir a la superficie de la conciencia; es como un barco hundido que resulta dificultoso reflotarlo, ponerlo de nuevo en la superficie.

Aun suponiendo alguna fe, la persona tiene dificultades para orar con profundidad porque tiene dificultades para descubrir y vivir su naturaleza profunda y traducirla en una conciencia pobre y amorosa:

·         por falta de voluntad real (por no querer[4])
·         por ignorancia (por no saber[5])
·         por falta de fe profunda
·         por las barreras y mecanismos de defensa, que impiden su actualización. y son:
o   el pecado
o   la ausencia, distracción, exteriorización[6]
o   las tensiones
o   el activismo


[1] R. GRAEF, Señor, enséñanos a orar. Atenas, Madrid 1961, 74s.
[2] PABLO VI, Audiencia general 22-VIII-1973, Cf N SILANES La oración, Secretariado trinitario, Salamanca, 1974, 61.
[3] SAN JUAN DE LA CRUZ. Subida al monte Carmelo. Prólogo 3.
[4] SAN JUAN DE LA CRUZ. Subida al monte Carmelo. Prólogo 3.
[5] SAN JUAN DE LA CRUZ. Subida al monte Carmelo. Prólogo 3.
[6] “… afirmáis la fuerza preeminente de la vida interior, oponiéndoos a aquella secular inclinación por la que se mueven los mortales de salir como de su centro y derramarse al exterior”. PABLO VI, Al Congreso de Abades y Priores, I-X-1973, Cf N SILANES La oración, Secretariado trinitario, Salamanca, 1974, 79.

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