domingo, 15 de diciembre de 2013

Oración y silencio II


Al principio el que ora maneja ideas, libros, sentimientos, oraciones, rezos; más tarde la atención es sostenida por la misma Presencia de Dios, que se impone, con mayor o menor fuerza, y silencia a la persona.

El silencio nos acerca más a la naturaleza esencial de la oración; a lo que es verdaderamente la oración, orar. Bellamente dice H. Urs von Balthasar:

"Una vez que el hombre entra en \'lo más íntimo de la afonía divina (Mystag., 4, 91, 672 c), el silencio, que domina los conceptos sin palabra, llega ser el lenguaje verdadero (Div. Nom., 1; 4, 192 c)". 

\'A-fonía\' quiere decir, sin voz: ‘Dios es ‘silencio’. Santa Teresa dice que Dios \'habla\' sin ruido de palabras. Juan de la Cruz dice que el Verbo de Dios, es \'Verbum silens\': \'Palabra silenciosa\'. Y ahí es donde irá entrando el orante: ‘en el Silencio de Dios’. ¡Bella metáfora: ‘en la afonía de Dios’. 

La oración silenciosa está configurada por tres grandes leyes: la ‘atención’, la ‘limpieza’, el ‘abandono’. La atención orienta la mirada; la limpieza abre la mente y el corazón a la revelación de Dios (Mt 5,8); el abandono consuma la entrega y el ejercicio de la libertad personal. Así lo señala san Juan de la Cruz: “... sólo mirar que tu conciencia esté pura, y tu voluntad entera en Dios, y la mente puesta de veras en él..."(Subida al Monte Carmelo III, 40,2).

La oración, al ir progresando, va estabilizando la mirada y despojándola de palabras.

"Cuando uno se da cuenta de ello [de que ha encontrado, y de que todo está presente], se produce una detención. Todo despliegue de energía hacia un objetivo o resultado cesa totalmente y el que busca pierde entonces su cualidad, pues ya no proyecta ningún objetivo. Se despierta en lo encontrado" (J. Klein).

Tiene que ser magníficamente bello y definitivo ‘despertarse en Dios’ después del sueño de la vida en este mundo. Pero el orante, comienza a realizar ese maravilloso modo de referencia y de relación con Dios; sin decir nada; sólo contemplando su rostro, en un silencio pedagógico y ‘gracioso’, al mismo tiempo, donde todo es perfecto, aunque todavía fundamentado en la esperanza cristiana, hasta que Dios ‘descubra su presencia’. ‘El silencio es el lugar de nuestra más perfecta realización humana y cristiana’.

NICOLÁS DE MA. CABALLERO, CMF.

domingo, 8 de diciembre de 2013

La Virgen esperando al Niño y la Navidad

Frente a una situación de enorme peligro, Acaz confronta la oferta de Dios con su propia decisión. En la confrontación con Dios, Acaz cansa a Dios. Busca situarse al margen del poder y de la gloria de Dios. Es una confrontación;  ‘agón’, lucha… (palabra que usa la traducción de los LXX). Y, sin embargo, Dios, le regala una persona ‘llamada María’, nacida en una geografía limitada: Nazaret, pero con un corazón sin bordes ni fronteras, según el corazón de Dios.

María, vacía y pobre (anaw), no tiene proyecto propio: sólo el de ser una sierva del Señor (doúle kyríou). María, ‘la pobre’, acoge. Nacida en una cultura judía, acostumbrada a pedir señales y a vivir de signos, nada pide (1Co 1,22). Cree, simplemente: ‘Porque has creído’. Deja al margen su modelo personal de relación con Dios, diseñado en su corazón –en su amor a Dios-, y en la virginidad de su cuerpo ofrecido. Y desde esa pobreza, consiente con el plan de Dios sobre ella; se fía del poder de Dios ( guevurah) y de su amor.
***
Refiero la conversación con el jardinero de la villa de recreo imperial en el norte de Japón. « ¿Ve usted estos pinos retorcidos?», me decía; «su mejor estampa es la que ofrecen cuando se vencen sin quebrarse bajo el peso de la nieve». « ¿No necesitan rodrigones?», le pregunté. Y me dio la explicación: «Ha costado mucho esfuerzo y muchos años lograr esa rama. Desde que el pino era pequeñito, se le fue podando con habilidad. Si la rama se pasa de longitud, cae bajo el peso de la nieve; si se queda corta, no produce un efecto tan bello». Ante mi asombro mudo, se echó a reír el jardinero y me repetía: «Todo es cuestión de hacerlo despacio, señor; darle tiempo, darle tiempo... y paciencia».

Es una metáfora de María, porque sencillamente, así me parece. Dios la había hecho de gracia y de tiempo; era perfecta en su espera y en su esperanza. Y cuando llegó la nieve- la Palabra encarnada en su cuerpo virgen- no se quebró…Estaba bien podada, bien hecha… Representaba el paso del tiempo y la reparación de los mil frustrados intentos de fidelidad del pueblo Israel. La mujer fiel, hecha de tiempo y de gracia fundó la plenitud de los tiempos… y una manera nueva de creer, de esperar, de realizar la presencia de Dios. ‘Y el verbo se hizo carne’, en Ella. Y la que esperó (de aguardar) –dejando correr el tiempo hasta que Dios quisiera-; y la que esperó (de esperanza), cuando dijo ‘SÍ’ cambió el reloj del tiempo y la brújula del espacio. Desde Ella, el tiempo ya es ‘oportunidad’, y el espacio es ‘camino’: todo es camino para ir a Dios; los mil caminos de Dios.

En esa nueva orientación, María no pudo evitar el dirigir su mirada hacia su propia plenitud de mujer agraciada; y, en su mirada, fue restaurada la mirada perdida y extraviada de tantos hombres y mujeres que habíamos de mirarla para aprender a ‘mirar’. Al esperar a su hijo y al verlo nacido creó otra versión, más clara, del salmo 34[33] 5: ‘Contempladlo (con fijeza) y quedaréis radiantes (iluminados)’. Y masticado, como para gente débil –idea de Pablo- ahora el salmo es: ‘Despierta tú que duermes,…  y te iluminará Cristo (Ef 5,14).

La Virgen ha hecho posible la nueva forma de ver a Dios viendo a Cristo Jesús. Y hasta ha creado ese modelo, imposible sin la fe, de quien, sentada a los pies de Jesús, escuchaba su palabra y, sin saberlo, recreaba para el adviento y para todos los tiempos el modelo contemplativo de María que ‘miraba y miraba’ sin ver; y sin ver, sabía’. Era la nueva orientación del corazón que ‘tiene ojos y entiende y ama’ (Ef 1,18), sin saber cómo entiende ni cómo ama, que así lo cuenta santa Teresa de Jesús.

En este modelo contemplativo de María, que primero miró dentro de sí y después vio ante sus ojos la humanidad de nuestro salvador (Tt 3,4) nació la bella pintura de Sassoferrato, en la que María, apoyado el codo sobre una mesa, contempla al hijo que descansa dormido y ‘descuidado’ en el brazo izquierdo de su Madre. Y de ese modelo contemplativo, que perfecciona la mirada de los hombres y mujeres, se han calcado modelos posteriores, ‘fotocopias’ (copias hechas con luz, que eso significa la palabra).


Escueta, concisa, bellamente, Edith Stein refería esa manera nueva manera de ‘visión’, de relación con Dios, en Cristo Jesús, que ya vive en nosotros y espera la revelación (el apocalipsis) de los hijos de Dios (Rm 8,19). Escribía: ‘Tan sólo es absolutamente indispensable un rincón silencioso para hacer acopio de fuerza y la conciencia de que Dios trabaja en nosotros’.

Hoy el Adviento (la espera de la llegada) y la Navidad (el nacimiento) –en el fondo, todos los tiempos, fuerte y ‘débiles’, necesitan silencio porque en relación con el misterio y la posibilidad de que el corazón ‘entienda’, sólo el silencio sin palabras y el corazón sin apegos, pueden ser la oportunidad ‘rescatada’, para saber algo de lo que María guardaba en su corazón.

«La verdad está demasiado cerca de nosotros y, por su misma cercanía, no atinamos a percibirla con claridad». Que por esta razón, un teólogo cristiano, Charles Journet, afirmaba: ‘Bastaría dejar de estar distraídos para quedar maravillados’.

«El Reino no viene de modo que se note»... ‘Está dentro de vosotros’. A partir de ahí todo es ‘gracia’ y hablar de tiempo fuerte o tiempo ordinario es más un modo de hablar y de organizar el tiempo y el calendario, que de vivir una realidad humana y divina sacramental, a nuestra disposición trescientos sesenta y cinco días al año y veinticuatro horas al día. Lo demás es cuestión de ‘nivel’, como decía Ortega y Gaset, pero, de nivel de ‘despertar interior’-que a eso se refería el teólogo aludido al decir que ‘bastaría dejar de estar distraídos para quedar maravillados’.

María fue una mujer silenciosa y atenta… Y maravillada… Inventó el adviento y la mirada enamorada… Y la inventó para ti…

Nicolás de Ma. Caballero, cmf.

Aranjuez 2013

viernes, 6 de diciembre de 2013

Madre de la Palabra

¿Qué diré cuando veo
a tu madre, María,
cargada de Silencio,
y de Palabra?
¿Qué diré, que sea todo
y sea nada, en su desvelo;
ungida de razón,
y sin razones
para hablar de lo que calla;
humilde, cuesta abajo;
como un río que busca
su reposo y su lenguaje
y, sin decirse,
tan sólo cuando llega
al mar, se nombra
y se pronuncia…:
‘María de los mares’;
y allí descansa,
perdida y encontrada
en tu memoria
de eternidad sin tiempo,
que funda las edades de los siglos,
sin otro arrimo
que habernos dado ‘al hombre’,
en el rincón sin fondo
de una gruta:
un  relieve al revés,
una cueva en el suelo;
y en el silencio virgen
de una madre
que calla lo que dice,
que ‘mira’ la Palabra.

Nicolás de Ma. Caballero, cmf, 2013

 ‘María de Nazaret’ te desea que
te enamores de Jesús…
¡SANTA  NAVIDAD Y AÑO 2014!

martes, 3 de diciembre de 2013

Acto de ofrecimiento por María

Ofrecimiento y entrega a la divina
Providencia en manos de María .



Madre mía, el Señor me concede este nuevo día, para más conocerle, servirle y amarle. Por ello, pido a vuestro Purísimo Corazón me alcance luz y gracias suficientes para que todo cuanto haga, piense, hable, oiga o vea, sea del agrado de la adorable y Santísima Trinidad.

Asistidme continuamente Madre del Amor y hacedme participante de «algo» de lo que el Señor os dio. Miradme siempre compasivamente y que yo así mire a los demás, para que nunca me aparte de la Voluntad de nuestro Dios.

Os pido que vayáis «recogiendo» todo cuanto haga espiritual o materialmente. Dejadme entrar en vuestro Corazón virginal y allí vivir todos los instantes de mi vida. Que «todo», lo acepte sumiso por amor y lo aproveche para la exaltación del Nombre de Jesús, y que todas las criaturas del Universo conozcan y amen a Dios.

Os ruego, Virgen Madre, supláis todo lo que debo hacer para gloria de mi Señor y que toda mi vida, desde este momento y para siempre, vaya unida a todo cuanto hizo Jesús en la tierra. De todas mis cosas, y de cuanto hay en mí y puedo ser en adelante, disponed absolutamente según vuestro agrado, en acción de gracias por todos los beneficios que he recibido de vuestra mediación.  Amén.

¡Atráeme en pos de Ti, ¡oh Virgen Inmaculada, Santa Madre de Dios!

 Nicolás Caballero, cmf

domingo, 1 de diciembre de 2013

Oración y silencio I


Ya casi de forma compulsiva, muchos buscan lugares y momentos silenciosos; lugares retirados: el campo, montañas, valles, pueblos apartados, casas solariegas, ‘ashrams’ (Centros de meditación orientales.), monasterios, donde pasar unos días, donde descansar apartados de una incesante fuente de estímulos de contaminación, de distorsión, de fatiga, de prisas, tensiones, de incesante combatividad y competencia; de un mundo excesivamente comunicado, aunque mecanizado en su comunicación, sin apenas capacidad ya para la comunión y la relación cálida, hasta causar agotamiento de todo tipo; para huir de estímulos, que desorganizan nuestra vida mental y emocional, corporal, cerebral, respiratoria, nerviosa y muscular. Es el estrés, se repite, pero creo que es una seria desorganización de la personalidad que la incapacitan para sus funciones más elevadas de pensamiento, de encuentro, de equilibrio de apertura, de oración.

En estos casos, el silencio de la tranquilidad es una necesidad para poder preservar sencillamente la cordura, aunque diste mucho de representar un anhelo de cultivar valores de interioridad, lenguaje desconocido habitualmente por el hombre y la mujer fatigados. Pero ni siquiera en estos casos, el silencio de la calma, representa una huida de la vida, sino la huida de una lenta forma de muerte, de deterioro, de desequilibrio. El silencio no es una manera de eludir la vida. El silencio nunca elude la vida: sale a su encuentro; y, en todo caso, la preserva.

Aunque esos niveles de silencio sean todavía superficiales, siempre representan una ventaja sobre la deshumanización y la desinteriorización, en la que habitualmente se encuentra el hombre de nuestra sociedad: un hombre fuera de si.

Y, sin embargo, el silencio, la calma, no puede quedar únicamente en ser un refugio contra el cansancio o contra la llamada “fatiga de la vida”. El silencio es una situación donde poder reconstruirse interior y exteriormente. Es un ámbito en el que la persona puede recuperar su vocación de persona. En la calma de un ‘lugar’ o en la calma de un ‘momento’ determinado, todo puede comenzar a ponerse en su sitio. Y el hombre y la mujer desplazados, pueden sentir que están bien estando en sí mismos, de donde habían sido arrancados. Algunos, de entrada, interpretan el silencio como callar, no hacer ruido o estar en un lugar tranquilo, al abrigo de todo. Y no saben por qué tienen que callar, ni que el callar pueda tener que ver con el crecimiento personal. Y, además, no saben más que reservarse y preservarse, sin comprender que el silencio es una posibilidad de ‘estar en armonía con todo’ estando con todos y a la intemperie. El silencio no es una flor de ‘vitrina’; es una flor de presencia, de compromiso, de bienestar, de estar bien, aun en medio de la tormenta, el lugar del orante, que reposa en Dios.


La profundidad nunca está en las palabras; está siempre está en el silencio.
NICOLÁS DE MA. CABALLERO, CMF. 
Martes 29 de Noviembre del 2005 

domingo, 24 de noviembre de 2013

¿Orar con método o sin método?


Muchos se regocijan con métodos variados y coloristas de oración; hasta ‘cincuenta modos de orar’. Está bien, pero no es lo mejor.

Orar, enseñar a orar no es cuestión de método sino de una actitud sencilla, limpia, honda del alma, de la mente, del corazón, del cuerpo y cerebro. El método no se puede ahondar, ni permite la oración profunda; sí, las condiciones personales que nos abren al misterio del Amor de Dios.

Estas condiciones personales, son más bien, ‘descondiciones'. La oración profunda es más fruto de una desinstalación de la personalidad que de una eficacia calculada y estética que nos afirma.


El orante tiene que irse liberando de lo que impide abrir caminos al Amor: los apegos, las aversiones, la ansiedad, la falta de abandono en Dios. La verdadera ‘metodología’ de la oración es una terapia del alma, de la mente y del corazón. Es la forma en que podemos entender la aproximación a la fuente cristiana donde nuestros cansancios y agobios encuentran solución (Mt 11,28; 9,36: ‘Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor’). El silencio es el modelo humano más representativo de los caminos profundos de la oración. Y muchos no progresan en la oración porque no quieren o no entienden cómo entrar, progresar y dejar que culmine un proceso de silencio y de perfección del alma y de la conciencia, en Dios. 

Quien quiera progresar, tiene que salir de ‘sus modos’ de proceder para entrar en los caminos de Dios, a los que cuando son profundos, Juan de la Cruz, los llama: ‘la tierra sin caminos’. El progreso real y definitivo no será nunca cuestión de método ni de metodología, sino de silencio, desapego, pureza de corazón. Así el orante se abre a Dios y, al darse a sí mismo, crea las condiciones reales para el don de Dios, que es don de sí mismo. Al estar así en presencia de Dios, ‘toda la persona’ orienta su mirada silenciosa, sin método, conducida por la necesidad del amor que clama, con Juan de la Cruz: ‘descubre tu presencia/ y máteme tu vista y hermosura/; mira que la dolencia de amor,/ que no se cura/ sino con la presencia y la figura’.

Enseñar a orar no es tanto cuestión de metodología, cuanto de enseñar a simplificar la mirada y la presencia de ‘andaderas’ para ir a Dios. Pero al principio éstas son necesarias para sostener la conciencia superficial y multiplicada del hombre y de la mujer modernos. ‘Enseñar a orar es enseñar a simplificar’. ¡Y no es fácil para todos el simplificar!, aunque es una urgente necesidad… Enseñar a orar es, en gran parte, enseñar a simplificar. ¡Ser sencillo puede resultar complicado! Triste paradoja.
NICOLÁS DE MA. CABALLERO, CMF
Miércoles 16 de Noviembre del 2005

sábado, 16 de noviembre de 2013

Parábola de la gitana


Parecía joven, vestida de arriba abajo con un pañolón oscuro, que ceñía y delineaba su cabeza. Al caerle en punta por detrás, continuaba la curva de la espalda, apoyada contra la pared. Estaba sentada cerca de una tienda de productos cosméticos, en la Puerta del Sol de Madrid. Era una ausencia calculada, mientras la gente iba y venía. Sin saber apreciar la belleza de aquella postura.Sumergida, en cuclillas; su cabeza, levemente inclinada, casi tocaba sus rodillas. En la mano derecha delgada y alargada, quemada por los mil soles invisibles, compañeros de la raza gitana, sostenía un vaso de plástico, verde claro. Lo sostenía desde el fondo, con levedad y gracia. La mano y el vaso apoyados, dejados, sobre una de las rodillas levantadas. Pedía limosna.El gesto bien diseñado suplía las palabras. Era una metáfora del pobre que pide; mejor, de la pobreza que se muestra, sin la desmesura desgarrada del exhibicionismo, y con la sencillez del gesto silencioso. El vaso verde, prominente y sostenido con levedad, componía una situación y una actitud salida de las raíces del alma, mansamente, sin ira. Era una intimidad a la intemperie.La miré por última vez, antes de parecer indiscreto. Me pareció la lámpara vieja de una casa señorial, donde una joven de bronce oscuro, sostiene en la cuenca de la mano, una lámpara encendida. Aquí era un vaso, pero ¿no era lo mismo? ¡Bella imagen del orante!: ‘ante Dios, con un vaso vacío…’ ¡Mejor!, ‘ante Dios, como un vaso vacío’, ¡que así han descrito los santos al orante! Me acordé de aquellas palabras de la Sabiduría bíblica que, canta la bienaventuranza de quien sabe estar pacientemente esperando; y me salieron unos versos:

Sentado a la puerta de Sabiduría, 
paciente hay un pobre, 
que no sabe nada, 
que espera en silencio, 
que alguien, un día,la puerta le abra.

Así me gustaría pensar al orante de profesión, sentado en un sueño despierto, con la mano abierta al Amor de Dios, y a la intemperie, ajeno a los ruidos del entorno y caída dentro de sí mismo, entre el sueño-despierto, la presencia difusa y el gesto claro, como un vaso que culmina todo un modo de estar y de ser ante Dios.

NICOLÁS DE MA. CABALLERO, CMF
Miércoles 02 de Noviembre del 2005 

martes, 12 de noviembre de 2013

Unge, María, mi mente


Unge, María, mi mente
con la fe de tu mirada
y dale a mi ser la paz
de tu todo y de mi nada,
y deja que en la corriente
del Amor, todo me vaya,
que entonces, al fin sabré,
que por fin llegué a mi casa.

Nicolás Caballero, cmf,
Una cabaña en el bosque

sábado, 9 de noviembre de 2013

Aprender a orar, ¡el más bello regalo!

Aprender a orar es el regalo más bello que uno puede hacerse a sí mismo en esta vida; es la ‘máxima fuente de dignidad humana’ (Gaudium et Spes 19). Aprender a orar, dentro del ejercicio básico, primordial, de nuestra fe y caridad, requiere la armonización de todo nuestro ser. Y, en esa creciente armonía, fruto del esfuerzo inteligente y de la gracia amorosa del Espíritu, al orante se le revela el pensamiento del Padre: Cristo Jesús (Jn 14,23). Aprender a orar no es tanto aprender una metodología cuanto aprender el arte de la inmersión en nuestra naturaleza profunda, ya cristiana, donde Dios nos espera (GS 14). Orar y enseñar a orar requieren una intención seria y una atención permanente. Dedicado a este ministerio de Iglesia, y consciente de todo tipo de limitaciones, me consuela y conforta sentir con santa Teresa: “Si las que os trataren quisieren comprender vuestra lengua, ya que no es vuestro de enseñar, podéis decir las riquezas que se ganan en deprenderla [sic]; y de esto no os canséis, sino con piadad [sic] y amor y oración -porque les aproveche- para que entendiendo la gran ganancia, vayan a buscar maestro que les enseñe; que no sería poca merced que os hiciese el Señor despertar algún alma para este bien” ( SANTA TERESA, Camino de perfección 34 (20), 4 (6)).Hazte un regalo: ora. Conviértete a la oración. Trata de aproximarte a un modelo sin igual de oración, Jesús.
“Llegada la noche, subió Jesús a un monte apartado, para orar, y estaba allí solo” (Mt 14,23).

Tú, seas quien seas, puedes ser un orante de profundidad. Basta vivir en amistad con Dios, en su gracia, y aprender a simplificar tu mirada y a abrir tu corazón al Amor del Padre.Simplificar la mirada significa desocuparla de tantos contenidos mentales, imaginativos, y excesos verbales; desalojar de nuestra atención tantas palabras innecesarias, tantas referencias, alusiones, relaciones que encontramos entre ideas, palabras, imágenes… Y aprender a quedarse solo, en esa ‘soledad’ sin ‘lugar’, sin palabra’, ‘sin arrimo’, ‘como están los ojos de la esclava, fijos en las manos de su señora’. ‘Simplifica tu mirada’. ‘Abre tu corazón de pobre’.Jesús no enseñó métodos de oración; enseñó la actitud sencilla y confiada de quien, estando con su Padre, hable o calla; llora o ríe; pide o se deja a su providencia amorosa. De esta manera se va reconstruyendo una honda y precisa manera de ser adulto, por la oración: por la progresiva manera de simplificar la mirada, la advertencia, la atención, y por la apertura del corazón. Orar, y orar de esta manera, es la gran oportunidad que se te ha dado para aprender, antes de morir, a iniciar y ahondar tu amistad con Dios, antes de que te encuentres ‘cara cara’ con El y puedas reconocer al Padre escondido, al que hablabas en la ‘oscuridad’.

NICOLÁS DE MA. CABALLERO, CMF. - Miércoles 19 de Octubre del 2005 

domingo, 3 de noviembre de 2013

Necesitas orar


Pablo VI, que habló de la oración con una notoria sabiduría, dijo: ‘ El mundo moderno tiene necesidad de aprender de nuevo a orar’. Parece que existe la ‘necesidad de retornar a la oración personal’.Frecuentemente, no obstante, ese deseo no representa más que la nostalgia de quien, ‘hecho para Dios’, al final, aburrido, no madurado, se cansa de girar alrededor de sí mismo. Muchos, por otra parte, cuando, ‘dan forma’ a su oración, no superan los modos iniciales, y las formas de los principiantes, en las que fácilmente quedan estancados de por vida.No acabamos de hacer un tratamiento adecuado de nuestra nostalgia ni de nuestro anhelo profundo de Dios. Lo afirmaba Juan de la Cruz cuando escribía:

“Nunca acaban de dar en substancia y pureza de bien espiritual, ni van por tan derecho camino y breve como podría ir”( SAN JUAN DE LA CRUZ, Subida al monte Carmelo II, 6,7).Y esto ocurre, frecuentísimamente, hasta en personas que llevan una ‘vida regular’ de oración. Pero no progresan, que es como no progresar en el amor. Y nadie les enseña a desprenderse de los ‘rudimentos’ (Juan de la Cruz), ni les abre el camino y la comprensión suficiente para entender la naturaleza profunda de la oración y las actitudes esenciales para ser orante. Por otra parte en muchos existen grandes carencias básicas, que imposibilitan la oración:

- Les falta fe- No tienen hambre de Dios, han perdido la ‘sensibilidad de Dios’. es el escándalo de la ‘insensibilidad de Dios’ del ateísmo práctico de quien no siente que necesite a Dios para vivir.

- En el fondo no quieren cambiar; no aceptan una necesaria desestructuración y ‘pobreza’ que simplifique todo.

- No aceptan una disciplina. Todos van a su aire, inventando los caminos y hasta las condiciones de la misma oración.

- Falta de constancia, de perseverancia, de fidelidad; se cansan y cambian y cambian. Sólo les impulsa la novedad, la notoriedad, la emoción del momento, pero no ‘la verdad’ ni la ‘voluntad’.

Se trata de volver a encontrar el modo de ser y de sentirse hijo, y de hablar cara a cara con nuestro Padre Dios (Ex 33,11), como Jesús (Mc 1, 35), y en Jesús, en quien únicamente (Hc 4,12), tenemos acceso al Padre.

Nicolás de Ma. Caballero, cmf.

sábado, 26 de octubre de 2013

Oración: reflexiones previas

La oración tiene que ser fácil porque es una necesidad, la primera necesidad de toda persona. Pero, de hecho, resulta difícil. Sin oración es imposible la vida cristiana; disminuye la eficacia eclesial y la capacidad para esa terapia fundamental, que cada uno necesita. Hoy no es fácil orar porque interfieren situaciones personales y ambientales, muy destacadas y fuertes, que dificultan la oración honda y sencilla. La gran circunstancia personal es la superficialidad de nuestra conciencia, dispersa y atraída de mil modos por la vida actual. Y sin profundidad de la conciencia, que vertebra cualquier proyecto humano, la persona se incapacita para ese maravilloso intercambio de amor, que sigue ‘encarnándose’ en cada persona amistosa. El orante tiene que ‘entrar dentro de sí’, donde Dios se encuentra y nos espera. Esta es la invitación del Vaticano II (GS 14). Y esa es precisamente la gran dificultad del orante, no bien educado para la oración: ignora qué es ese ‘dentro’; no sabe cómo ‘se entra’, y carece de motivación suficiente que justifique la ‘entrada’ en un ámbito, aparentemente ‘indefinido y vaporoso’, que llamamos ‘yo mismo’.
Además, la oración como un creciente proceso de ‘encarnación de Dios en el hombre, encuentra todas las dificultades que le presenta una ‘carne’, una ‘persona debilitada’ por sus propias conflictos y por sus excesivas estructuras, emocionales, metodológicas y racionales. Interfiere la ansiedad, hoy frecuente, y expresión mayor o menor de falta de paz de la mente, no bien regulada ni relacionada con la fuente original de la paz cristiana. Interfiere, de manera casi definitiva, la alteración de nuestro cuerpo deformado por sus propias tensiones; fatigado por una mente negativa; con dificultades para crear esa elemental capacidad de ‘estar’, y de ‘estar’ en la presencia de Dios. El excesivo empeño por ‘hacer’, incluso oración, diluye las posibilidades de recuperar la necesaria descondición del orante profundo: estar ‘disponible’, ‘desocupado’; saber estar ‘sin eficacia’, dice Juan de la Cruz. Mi propósito, siempre humilde por mis ‘imposibilidades’ y por la naturaleza misma de la oración, es facilitar los procesos que, entendidos y realizados, puedan ayudarnos a ser orantes sencillos y profundos, con la gracia de Dios y con la inteligente aportación de la persona.

Todo es gracia, al mismo tiempo que presencia humana, inteligente, graciosamente combinadas. Dios dijo a una persona ‘santa’: ‘ Yo acudí, pero tú no estabas’. Nosotros decimos. ‘No estás en lo que estás’.
Nicolás de Ma. Caballero, cmf. - Viernes 30 de Septiembre del 2005

domingo, 20 de octubre de 2013

LA ORACIÓN, CAMINO DE AMOR… (II)


9. Tiene que quedar muy claro que los caminos de Dios pasan por el camino del hombre, sin que Dios pueda ser atrapado por el hombre. Éste tendrá que

      a)       Dejar de estar fuera de sí, para entrar dentro de sí; pasar de la ausencia a la presencia; de la distracción a la atención.

      b)      Pasar de la cabeza al corazón; de la abstracción e intelectualización de Dios, a un Dios presente, vivo, cercano y amoroso.

Existe una gran diferencia en tratar a Dios como una bella IDEA medio abstracta, aunque pueda ser correcta doctrinalmente; incluso, brillante, teológicamente, y el tratar a Cristo Jesús como UN SER QUE VIVE, que se identifica conmigo, que se me ‘manifiesta’ (Jn 14, 21; 16, 14), que me habla, que me mira, que me oye, que me está salvando…

10. Existen serias dificultades para ser pobres

      a)      creerse rico, que sabe dirigirse a sí mismo en camino tan delicado.

“… andas diciendo que eres rico, que tienes muchas riquezas y que nada te falta. ¡Infeliz de ti! ¿No sabes que eres miserable, pobre, ciego y desnudo? Si quieres hacerte rico, te aconsejo que me compres oro acrisolado en el fuego, vestidos blancos con que cubrir la vergüenza de tu desnudez y colirio para que unjas tus ojos y puedas ver” (Ap 3, 17-18).

      b)      las tensiones de todo tipo.

La tensión, la ausencia, la incomodidad dentro de nuestro cuerpo, nos hacen sentirnos mal; dificultan la experiencia de la presencia de Dios e impiden la oración profunda.

      c)       las pretensiones: estar deseando, buscando, empujando las puertas y no vivir abandonado.

      d)      las interpretaciones: las ideas que uno tiene, que no revisa.

Hay que enseñar progresivamente a dejar de pensar, poco a poco, con el tiempo.

      e)      los apegos de todo tipo que nos corroen; que hacen que nos agarremos a todo lo que nos puede dar seguridad. así se mata el abandono, esencial para orar y crecer.

      f)       la ausencia, vivir distraído.

      g)      las palabras, con las que frecuentemente nos emborrachamos.

Las palabras que, frecuentemente, ordinariamente, nos hipnotizan, nos adormecen, en realidad sólo son señales de camino. Son buenas para orientar, pero no son el final que buscamos.

No son la realidad, sólo la representan. Por eso también hay que capacitarse para ir más allá de las palabras. Las palabras no son el acontecimiento; no son la cosa.

“El ‘la realidad, el acontecimiento siempre más allá de las palabras; está en el silencio”.
“La última palabra, siempre es el silencio”.

Si contemplo una rosa no veo por ninguna parte la palabra rosa.



La rosa está más allá de la palabra ‘rosa’. Está en el silencio, en ‘su’ silencio’. Para poderla ver en realidad tengo que entrar en su silencio. Sólo entonces comprenderá la rosa, sin palabras[1].

11. Hay que ir asumiendo el reto de pasar de las palabras a la Palabra, que es Cristo Jesús; de las palabras al Acontecimiento del Hijo de Dios. La oración nos sumerge en la entraña de su vida de Hijo. La oración es una esencial perfección cristiana que participa de la gloria del Hijo, pero también del anonadamiento de su vida terrestre.

Y es lástima ver que muchas personas tienen capacidad para alta oración, si se las sabe conducir, y que, por falta de orientación se quedan en ‘bajos modos de trato con Dios’, como escribe Juan de la Cruz.

Nicolás de Ma. Caballero, cmf.




[1] N. CABALLERO, Carpeta: Control mental y liberación interior.
                               Cinta 4: A. Mirando al mundo exterior desde el silencio.
                                               B. La observación silenciosa de la propia mente.
Es una cinta de prácticas para aprender a mirar en silencio, sin la barrera de las palabras. Publicaciones Claretianas, Madrid.

domingo, 6 de octubre de 2013

LA ORACIÓN, CAMINO DE AMOR… (I)

Desgraciadamente, la formación en la oración es, ordinariamente una formación para un método. La verdadera formación, sin descartar la oportunidad de un método, en un momento determinado, debe ser formación para un ‘camino’: camino de amor.

1.       La oración no es un fragmento del día ni de la semana.

2.       Es un eje que lo centra todo.

3.       La oración se justifica a sí misma. Tiene razón de ser por sí misma, independientemente de lo que obtenga. Dios tiene derecho a mirarme, como hijo de sus complacencias y el orante ha de aprender a ‘estar dejándose mirar’. Es la actitud oracional básica, con sentido propio, que debe aquietar cualquier pretensión del orante.

4.       La oración no es una técnica de aquietameniento: el orante se aquieta del todo, no cuando practica unas técnicas de centramiento o de resolución de tensiones, sino cuando se abandona del todo en manos de Dios.

5.       La paz mental, y aun corporal es, en última instancia, el resultado de una actitud cristiana, esencialmente cristiana: dejarse en manos de Dios.

6.       La oración no se confunde con un método. Un método, por bonito que sea, es, simplemente, una manera de proceder, una manera de caminar, pero no es el camino. Y la oración es un camino que exige ir renunciando progresivamente a los métodos, a los modos personales de proceder, de orar. Esto pocos lo entienden. Y así no progresan. La oración es un camino que hay que


a.      descubrir
b.      seguir, a pesar de todas las vicisitudes y alternancias
c.       a pesar de los cambios de humor
d.      a pesar de las dudas, que habrá que aclarar
e.       a pesar de no ver nada ni sentir nada

7.       La oración es un camino

a.       de pobreza pogresiva
b.      de inmersión en el Silencio de Dios
Muchos se quedan en sus silencios personales, siempre frágiles, aunque pueden ser bellos e, inicialmente, una buena pedagogía.

8.       La oración, dentro de esa pobreza progresiva, exige la respuesta a unos retos fundamentales:

a.       Pasar de mi modo de orar a lo que no tiene modo, de ser el protagonista que conduce una metodología, a ser un creyente abandonado y fiado de los caminos ‘oscuros’ del Amor de Dios. Suele ser mala señal decir: ‘yo ya tengo mi oración’. Es ordinariamente indicio de un estancamiento, de una fijación, que niega, de hecho, la posibilidad del camino.

b.      Dejar de estar buscando experiencia[1], y desde la fe, buscar el ‘contacto’: vivirse unido a Dios, aunque no se experimente nada.

c.       Ir pasando de la superficie al fondo.


Nicolás de Ma. Caballero, cmf.



[1]  K. –H WEGER. ¿Es posible la experiencia de Dios?, en Selecciones de teología, 127 (julio-septiembre 1993) 165-184.

domingo, 29 de septiembre de 2013

¡El problema pastoral más urgente! (III)


Muchos dicen que ‘no tienen tiempo para orar’. ¡Ya no tienen tiempo de orar!

Y me pregunto: entonces, ¿en qué pierden el tiempo? Porque cuando no se tiene tiempo para orar, se está perdiendo el tiempo. Y es como decir que no se tiene tiempo para ser persona. Y, entonces, vuelvo a preguntar: cuando no se tiene tiempo para ser persona, ¿qué se puede ser?

Tal vez se pasa el tiempo, en el mejor de los casos, en hacer ‘cosas buenas’ por un Dios, al que no conocen y con el que no hablan, aunque hablen mucho de Él.

Bien pensado, es una comprobación desconcertante. Habiéndole sido dado al hombre, a la mujer, este tiempo para orar, antes que nada para esto, encuentran tiempo para todo, excepto para la única cosa que les afecta e importa de verdad a su vida.

Muchos dicen, como excusa: ‘no somos contemplativos’. Pero lejos de ser una excusa, es una verdadera desgracia. Hay que cambiar de mentalidad, porque si bien no estamos llamados a pasarnos el día rezando ni a ir a un convento monacal, sí estamos llamados a la contemplación, como un elemental compromiso nacido de nuestro bautismo.

El hombre ‘se instala en el tiempo para hacer de él una ridícula eternidad, sin mostrar ningún interés por el más allá definitivo. Diríase que su gran preocupación es distraerse de Dios y de todo pensamiento sobrenatural[1].

Hablad a los hombres de virtudes exteriores, intrepidez, dedicación; son cosas que se comprenden. Pero proponedles entrar dentro de sí mismos, que mediten, que oren y los veréis desconcertados.

Se ve incluso religiosos que, bien dispuestos, por otra parte, escatiman lo más posible los ejercicios de piedad y disputan a la oración que les parece mejor empleado en otra cosa.

Las dos o tres medias horas reglamentarias son para ellos la más pesada carga; no saben qué hacer con ellas y, para pasar el tiempo, se entregan a una lectura cualquiera, a no ser que se duerman o piensen en otras cosas. Es muy de lamentar. ¿Qué alegría puede encontrar ya en el convento y cómo puede su vida consagrarse a un Dios con quien no saben hablar?[2]

Este es un cuadro preconciliar, clásico. Hoy se ha agravado. ¡Qué le vamos a hacer! Somos ciegos y constantemente estamos tentados a limitar la realidad a lo visible e inmediato. El Reino de Dios es invisible, y la sabia que lo llena que es el Amor y el ejercicio del amor, por sí mismo, la oración, es considerada ajena a los quehaceres. Los grandes planteamientos cristianos, no parecen ser, planteamientos de fe viva, sino de estrategias y preceptos humanos. El ‘creyente’ busca en gran medida distraerse ‘santamente’. Y lo consigue. Y hasta se siente tranquilo…, frecuentemente.

Ignoran, además, si son cristianos católicos, el pensamiento de la Iglesia. El Código de Derecho Canónico, que dice, aunque desafortunadamente reducido y referido a los religiosos:

“La contemplación de las cosas divinas y la unión asidua con Dios en la oración debe ser el primer y principal deber de todos los religiosos”[3].

Y hablando del frecuente gran equívoco [4] del apostolado, dice:

“El apostolado de todos los religiosos consiste principalmente en el testimonio de su vida consagrada, que ha de fomentar la oración y la penitencia”[5].

Por otra parte tiene toda la razón quien dice, no solamente subrayando una esencial consigna, sino detectando un fallo de base religiosa seria (Lc 6, 46-49):

                “Cuando se aborda la vida religiosa[6] hay que empezar por hundirse en Dios”[7].

Y, por desgracia, se encuentran también sacerdotes que casi nunca hacen oración. Se ve, en seguida, que su morada no está en los cielos… Faltan gravemente a su razón de ser personal, a su función ministerial de orar, de interceder por los hombres. Es una desdicha y una lamentable perversión del espíritu. Y no se ve gran perspectiva de cambio, por ahora. Pero es bueno recordarles:

“Conozco tus obras, tus fatigas y tu constancia. Sé que no puedes soportar a los malos;… que eres constante y has sufrido por mi nombre sin desfallecer. Pero tengo algo contra ti: has perdido el amor primero” (Ap 2, 2-4).

En una ocasión un maestro de escuela preguntaba a sus alumnos de unos doce años:

- ¿Qué es un rabino y qué se puede hacer con él?

- Es una clase de fruta tropical con la que se puede hacer dulce – respondió uno.

Ante la desaprobación del maestro, todos callaron y se miraban confusos. Sólo un alumno desde el fondo de la clase, y al cabo de unos segundos, respondió:

- Creo que es una especie de cura judío, y no se puede hacer nada con él.

Es doloroso, pero frecuentemente cierto entre gente de iglesia.

Naturalmente que esa incapacidad se explica por la ausencia de diálogo sincero, hondo, sostenido y continuado con Dios.

“Este [el sacerdote] no es solamente el hombre de acción que se dedica al bien de aquéllos que le están confiados; es, ante todo, el hombre de oración (…) hombre de Dios: ser hombre de Dios significa ser hombre de oración”[8]

La oración antes de ser ‘plegaria consciente’ es naturaleza profunda que busca a Dios; y tiene que actualizarse.


NICOLAS DE MARIA CABALLERO, CMF


[1] “…afirmáis la fuerza preeminente de la vida interior, oponiéndoos a aquella secular inclinación por la que se mueven los mortales de salir como de su centro y derramarse al exterior”. PABLO VI, Al Congreso de Abades y Priores,  1 – X – 1973, Cf N SILANES La oración, Secretariado trinitario, Salamanca, 1974, 79.
[2] M. LEKEUX, El arte de orar, Herder, Barcelona 1959, 21.
[3] “Rerum divinarum contemplatio et assidua cum Deo in oratione unio omnium religiosorum primum et praccipuum sin officium” (CIC 663, 1)
[4] Se suele ‘perversamente’ entender apostolado como acción, actividad. La Iglesia lo centra. De alguna forma lo define como irradiación de mi relación amorosa y de mi corazón contrito y humillado, que predica esencialmente amor a Dios, amor al prójimo desde Dios, y arrepentimiento de los pecados.
[5] “Omnium religiosorum apostolatus primum in corum vitae consecratae consistit, quod oratione et poenitentia fovere tenentur (CIC 673).
[6] En realidad es cuando se afronta la vida bautismal, esencia misma del vivir cristiano. El referir preferentemente la vida de oración a la vida religiosa consagrada, es, a mi entender, una degradación y una reducción inadmisible. La primera referencia del Hijo es el Padre y la intimidad franca con Él.
[7] J. LECLERCQ. Hacia un cristianismo auténtico, Dinos. San Sebastián 1959, 176.
[8] JUAN PABLO II. El sacerdote, hombre de oración. Ecclesia, 2496 (31 de marzo de 1990) 23 (475).