viernes, 6 de diciembre de 2013

Madre de la Palabra

¿Qué diré cuando veo
a tu madre, María,
cargada de Silencio,
y de Palabra?
¿Qué diré, que sea todo
y sea nada, en su desvelo;
ungida de razón,
y sin razones
para hablar de lo que calla;
humilde, cuesta abajo;
como un río que busca
su reposo y su lenguaje
y, sin decirse,
tan sólo cuando llega
al mar, se nombra
y se pronuncia…:
‘María de los mares’;
y allí descansa,
perdida y encontrada
en tu memoria
de eternidad sin tiempo,
que funda las edades de los siglos,
sin otro arrimo
que habernos dado ‘al hombre’,
en el rincón sin fondo
de una gruta:
un  relieve al revés,
una cueva en el suelo;
y en el silencio virgen
de una madre
que calla lo que dice,
que ‘mira’ la Palabra.

Nicolás de Ma. Caballero, cmf, 2013

 ‘María de Nazaret’ te desea que
te enamores de Jesús…
¡SANTA  NAVIDAD Y AÑO 2014!

martes, 3 de diciembre de 2013

Acto de ofrecimiento por María

Ofrecimiento y entrega a la divina
Providencia en manos de María .



Madre mía, el Señor me concede este nuevo día, para más conocerle, servirle y amarle. Por ello, pido a vuestro Purísimo Corazón me alcance luz y gracias suficientes para que todo cuanto haga, piense, hable, oiga o vea, sea del agrado de la adorable y Santísima Trinidad.

Asistidme continuamente Madre del Amor y hacedme participante de «algo» de lo que el Señor os dio. Miradme siempre compasivamente y que yo así mire a los demás, para que nunca me aparte de la Voluntad de nuestro Dios.

Os pido que vayáis «recogiendo» todo cuanto haga espiritual o materialmente. Dejadme entrar en vuestro Corazón virginal y allí vivir todos los instantes de mi vida. Que «todo», lo acepte sumiso por amor y lo aproveche para la exaltación del Nombre de Jesús, y que todas las criaturas del Universo conozcan y amen a Dios.

Os ruego, Virgen Madre, supláis todo lo que debo hacer para gloria de mi Señor y que toda mi vida, desde este momento y para siempre, vaya unida a todo cuanto hizo Jesús en la tierra. De todas mis cosas, y de cuanto hay en mí y puedo ser en adelante, disponed absolutamente según vuestro agrado, en acción de gracias por todos los beneficios que he recibido de vuestra mediación.  Amén.

¡Atráeme en pos de Ti, ¡oh Virgen Inmaculada, Santa Madre de Dios!

 Nicolás Caballero, cmf

domingo, 1 de diciembre de 2013

Oración y silencio I


Ya casi de forma compulsiva, muchos buscan lugares y momentos silenciosos; lugares retirados: el campo, montañas, valles, pueblos apartados, casas solariegas, ‘ashrams’ (Centros de meditación orientales.), monasterios, donde pasar unos días, donde descansar apartados de una incesante fuente de estímulos de contaminación, de distorsión, de fatiga, de prisas, tensiones, de incesante combatividad y competencia; de un mundo excesivamente comunicado, aunque mecanizado en su comunicación, sin apenas capacidad ya para la comunión y la relación cálida, hasta causar agotamiento de todo tipo; para huir de estímulos, que desorganizan nuestra vida mental y emocional, corporal, cerebral, respiratoria, nerviosa y muscular. Es el estrés, se repite, pero creo que es una seria desorganización de la personalidad que la incapacitan para sus funciones más elevadas de pensamiento, de encuentro, de equilibrio de apertura, de oración.

En estos casos, el silencio de la tranquilidad es una necesidad para poder preservar sencillamente la cordura, aunque diste mucho de representar un anhelo de cultivar valores de interioridad, lenguaje desconocido habitualmente por el hombre y la mujer fatigados. Pero ni siquiera en estos casos, el silencio de la calma, representa una huida de la vida, sino la huida de una lenta forma de muerte, de deterioro, de desequilibrio. El silencio no es una manera de eludir la vida. El silencio nunca elude la vida: sale a su encuentro; y, en todo caso, la preserva.

Aunque esos niveles de silencio sean todavía superficiales, siempre representan una ventaja sobre la deshumanización y la desinteriorización, en la que habitualmente se encuentra el hombre de nuestra sociedad: un hombre fuera de si.

Y, sin embargo, el silencio, la calma, no puede quedar únicamente en ser un refugio contra el cansancio o contra la llamada “fatiga de la vida”. El silencio es una situación donde poder reconstruirse interior y exteriormente. Es un ámbito en el que la persona puede recuperar su vocación de persona. En la calma de un ‘lugar’ o en la calma de un ‘momento’ determinado, todo puede comenzar a ponerse en su sitio. Y el hombre y la mujer desplazados, pueden sentir que están bien estando en sí mismos, de donde habían sido arrancados. Algunos, de entrada, interpretan el silencio como callar, no hacer ruido o estar en un lugar tranquilo, al abrigo de todo. Y no saben por qué tienen que callar, ni que el callar pueda tener que ver con el crecimiento personal. Y, además, no saben más que reservarse y preservarse, sin comprender que el silencio es una posibilidad de ‘estar en armonía con todo’ estando con todos y a la intemperie. El silencio no es una flor de ‘vitrina’; es una flor de presencia, de compromiso, de bienestar, de estar bien, aun en medio de la tormenta, el lugar del orante, que reposa en Dios.


La profundidad nunca está en las palabras; está siempre está en el silencio.
NICOLÁS DE MA. CABALLERO, CMF. 
Martes 29 de Noviembre del 2005 

domingo, 24 de noviembre de 2013

¿Orar con método o sin método?


Muchos se regocijan con métodos variados y coloristas de oración; hasta ‘cincuenta modos de orar’. Está bien, pero no es lo mejor.

Orar, enseñar a orar no es cuestión de método sino de una actitud sencilla, limpia, honda del alma, de la mente, del corazón, del cuerpo y cerebro. El método no se puede ahondar, ni permite la oración profunda; sí, las condiciones personales que nos abren al misterio del Amor de Dios.

Estas condiciones personales, son más bien, ‘descondiciones'. La oración profunda es más fruto de una desinstalación de la personalidad que de una eficacia calculada y estética que nos afirma.


El orante tiene que irse liberando de lo que impide abrir caminos al Amor: los apegos, las aversiones, la ansiedad, la falta de abandono en Dios. La verdadera ‘metodología’ de la oración es una terapia del alma, de la mente y del corazón. Es la forma en que podemos entender la aproximación a la fuente cristiana donde nuestros cansancios y agobios encuentran solución (Mt 11,28; 9,36: ‘Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor’). El silencio es el modelo humano más representativo de los caminos profundos de la oración. Y muchos no progresan en la oración porque no quieren o no entienden cómo entrar, progresar y dejar que culmine un proceso de silencio y de perfección del alma y de la conciencia, en Dios. 

Quien quiera progresar, tiene que salir de ‘sus modos’ de proceder para entrar en los caminos de Dios, a los que cuando son profundos, Juan de la Cruz, los llama: ‘la tierra sin caminos’. El progreso real y definitivo no será nunca cuestión de método ni de metodología, sino de silencio, desapego, pureza de corazón. Así el orante se abre a Dios y, al darse a sí mismo, crea las condiciones reales para el don de Dios, que es don de sí mismo. Al estar así en presencia de Dios, ‘toda la persona’ orienta su mirada silenciosa, sin método, conducida por la necesidad del amor que clama, con Juan de la Cruz: ‘descubre tu presencia/ y máteme tu vista y hermosura/; mira que la dolencia de amor,/ que no se cura/ sino con la presencia y la figura’.

Enseñar a orar no es tanto cuestión de metodología, cuanto de enseñar a simplificar la mirada y la presencia de ‘andaderas’ para ir a Dios. Pero al principio éstas son necesarias para sostener la conciencia superficial y multiplicada del hombre y de la mujer modernos. ‘Enseñar a orar es enseñar a simplificar’. ¡Y no es fácil para todos el simplificar!, aunque es una urgente necesidad… Enseñar a orar es, en gran parte, enseñar a simplificar. ¡Ser sencillo puede resultar complicado! Triste paradoja.
NICOLÁS DE MA. CABALLERO, CMF
Miércoles 16 de Noviembre del 2005