martes, 18 de junio de 2013
sábado, 15 de junio de 2013
Aproximación a la interioridad (I)
Andaba yo como el Eunuco
de Candaces, reina de Etiopía, que lo cuenta la Biblia , dando vueltas, haciéndole
preguntas a un texto leído recientemente: ‘Entra
dentro de ti, donde Dios te espera’. No entendía ese ‘dentro’ que sólo por referencia a
‘fuera’ podía atisbar. Y nadie me lo explicaba. ¡Eso sí! Una anécdota hoy
recurrente, con el mismo mensaje, aunque suavizado por el tiempo y a punto de
ser insignificante, me despertó. ‘En un
principio todos éramos dioses. Pero dentro de una jerarquía había dioses
mayores y dioses menores. Y los hombres, dioses menores, pecamos y el Dios
grande consultó con los dioses intermedios para aconsejarse sobre dónde tenía
que esconder el gran poder que los hombres tenían y del que, por su pecado, les
iba desposeer. Le dijeron que lo escondiera arriba, arriba, bien arriba… Y Dios
grande dijo que no, ya que los hombres con el tiempo subirían y lo encontrarían.
Le dijeron que abajo, bien abajo. Y tampoco lo creyó oportuno porque los
hombres bajarían y lo encontrarían. Ante el silencio de los dioses consejeros,
Dios grande dijo: ‘Ya sé dónde lo voy a esconder. Lo esconderé dentro de cada
uno, porque ahí no se les va a ocurrir ni mirar’.
Y un día volvió a
surgir como una enfermedad mal curada. Un día en que algo desorientado en el
plano de un gran edificio oficial, llamé a la puerta de una oficina alguien,
desde dentro, dijo: - ¡Entre!
De repente y sin
saber por qué, sentí que todo me daba vueltas. No entré; me había equivocado de
puerta y, como avergonzado, me retiré calladamente mientras oída más lejos y
algo destemplada ya, la misma ‘invitación: ¡Entre! ¡La puerta está abierta…!’
Las últimas palabras sólo las adiviné… Como quien entiende todo al revés o
desde un sorprendente descondicionamiento, ‘entre’ era una invitación más
honda, más seria, menos ligada a puertas oficiales o a sencillos departamentos
donde la gente vive. Sentí que era una invitación-venida de la nada, en
apariencia- a habitar mi propia casa donde en aquel momento ‘no vivía nadie’.
¿Era una gracia?
¿Era una autosugestión? De todos los modos me acordé de aquella afirmación del
Zen: para quien está preparado el caer de un simple hoja, podía ser
la ocasión para un ‘satori’
(‘éxtasis’).
¿Cómo entrar en la
propia casa desocupada? Desde que todo lo reducimos a pesas y medidas; a
cantidades y a ‘imagen’ de sí, el hombre ha roto amarras de su propio centro.
¿No será al revés? ¿Cómo puede una persona regenerarse? La persona no puede
realizarse de verdad sin sensibilizarse a Dios. Y la sensibilidad hacia Dios tiene
que ver primeramente con sensibilizarse a ‘uno
mismo’. ‘Uno mismo’ no refiere una abstracción; se refiere a la propia
interioridad y profundidad. Lo que nos determina a buscar la regeneración es la
necesidad de ‘regresar’ a ‘casa’: a ese ‘centro que hemos perdido y que hemos
sustituido insuficientemente, por la vida en superficie y de superficie hasta
hacernos irrelevantes y vanos. Es la constatación de esa tragedia colectiva de
la ‘ausencia’, y el reconocimiento de que en
la medida en que [el hombre] se pierde a sí mismo, pierde también a Dios[1].
Regenerarse implica la
humilde confesión de ‘estar ausentes’, sentir la ‘nostalgia’ del regreso hacia
un ‘lugar sin lugar’, que es uno
mismo. La responsabilidad de encontrar a Dios exige la otra responsabilidad,
hasta cierto punto previa, de tener que encontrarse
a sí mismo para poder encontrar a Dios
El hecho de que en
ciertos hombres Dios esté callado, no
prueba que Dios no exista, sino solamente que el hombre se ha perdido a sí mismo y, en primer lugar,
lo que hay en él de más profundo, de más íntimo, de más valioso. En la Presencia ignorada de Dios, Víctor E. Frankl
habla de un inconsciente espiritual, una piedra en el zapato del hombre que,
creyendo estar despierto, experimenta una carencia cuyo origen no verbaliza y
que no puede explicarse. Al inconsciente espiritual le falta un ‘detalle’: la
transcendencia…
Es necesaria una
reforma del hombre para que vuelva a su tratar consigo mismo y pueda sentir de
nuevo el toque, la llamada de Dios que cuando llama, quiere encontrarnos ‘en
casa’. Regresar a casa supone una ‘trans‑forma-ción’, o la recuperación de la
conciencia, más allá de las formas. Éstas son únicamente circunstancias, que no definen nuestra identidad. El hombre no es
una ‘circunstancia’ ni un satélite que orbita alrededor de lo que le ocurre. Él
es la máxima ‘ocurrencia’; él es un acontecimiento ‘central’.
Su interioridad le
define y lo realiza, dándole, paradójicamente, la conciencia de que no está completo
sin una referencia que le sale de la
entraña misma: ‘Ser una relación de amor’. Ahí fracasa el psicólogo y sólo el
místico puede realizar toda la verdad de una persona y la más perfecta
interioridad.
En
parte, asusta la idea de ‘interioridad’. También en parte, la identificamos con
el modelo oscurantista de quien ‘se aleja’, ‘se encierra’, ‘se aísla’ en un
‘adentro indefinido’ o en un refugio contra el miedo. La interioridad quita el
miedo, no permite la construcción de una personalidad neurótica, nos pone a la
intemperie siendo lo que somos ‘de verdad’: es la verdad de uno mismo. La
interioridad siempre es una manera de referirnos al ‘silencio que somos’; no a
una forma de ausencia. Pero, el silencio, aun sólo como referencia, es otra
cuestión, u otra cara de la cuestión. Pero, para podernos encontrar, antes
hemos de pasar por la angustia de ‘sabernos perdidos’.
“En las
tradiciones religiosas, la renovación es a menudo precedida de una percepción
de que el hombre a ido demasiado lejos en ‘lo mundano’, en lo externo de la
vida, y ha perdido el acceso a las fuerzas superiores dentro de sí. El ‘misticismo’ en sus formas conocidas
aparece frecuentemente como una reacción contra ese excesivo volcarse hacia
afuera de la mente y del corazón humanos.”[2].
La alienación
que caracteriza a los hombres y mujeres de hoy es una situación de decadencia
que la naturaleza misma no puede soportar de formar indefinida.
Después
de tanta barbarie y alejamiento de Dios, una cierta lógica, pide la reacción de
vuelta a los orígenes. Desde el punto de vista evangélico significará el
regreso del hijo pródigo y, desde el metafórico, es la vuelta a nuestras
raíces: "El valor del árbol en
invierno no radica en sus hojas o en sus flores, sino en su función de
laboratorio silencioso; en su retirada dentro de sí. Nuestra silenciosa
evolución actual es también una retirada o interiorización en la que
abandonamos nuestras inquietudes externas para dirigirlas a las de nuestras
raíces".
Es, de alguna
manera, regresar a nuestra invisibilidad, esa bella expresión y realidad de la
que san Pedro habla: ‘… el hombre
escondido del corazón’. Hoy no resulta fácil en nuestra cultura de la
exterioridad y en la ligereza con que tratamos hasta la palabra profundidad.
"Vivimos
en una edad preocupada por las cuestiones sociales, y que lanza un desafío para
que los católicos justifiquen su fe a partir de los éxitos que obtengan al
tratar de solucionar, concretamente, estos problemas [los problemas sociales]. [...
pero] la necesidad más urgente es que los hombres sean conscientes de
Dios"[3].
Al
terminar esta sencilla referencia de mi pensamiento, siempre fragmentario, todavía
me resuena la voz que desde ‘dentro’ me decía: ‘Entre’… Y me da vergüenza el
haberme avergonzado…
miércoles, 12 de junio de 2013
sábado, 8 de junio de 2013
La oscuridad, escenario de nuestra presencia
Un poeta, buscando la respuesta a ¿qué es la poesía?, escribió: Pero la noche existe/y la palabra lo sabe. Juan de
La
noche es el gran suceso ‘iniciatorio’[1],
cuando no se la desvirtúa y se respeta su silencio y el ‘contacto’, callado o
‘presentido’, con realidades que nos rondan. Y cuando la noche es metáfora-en una noche oscura-, se convierte en
nuestros místicos en la noche de Dios, siguiendo el sublime prototipo de la Sabiduría 18, 14: ‘Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía
y la noche se encontraba en la mitad de su carrera…’. No se ve, no porque
lo impidan las tinieblas, sino porque nuestros ojos son inadecuados para ¡tanta
luz, que ciega! Hacer de la oscuridad
otra forma de luz es lo que nos pide la carta a los Hebreos: ‘crean como si vieran’ (Hb 11,27 ). Es
maravilloso saber que ‘donde muere el
razonamiento, nace el acontecimiento’. Estar presentes en esa presencia
oscura es nuestro destino y el ámbito de nuestra seguridad ya que la oscuridad
de Dios es más clara que lo más claro de los hombres. La fe, varilla palpadora
del ciego, al pasar, va ‘tanteando’ la oscuridad y el paisaje que esconde;
investiga el espacio.
La
dimensión ‘profunda’ de todo es Dios. Y ‘en todo’ abre caminos que invitan a la
inmersión en su misterio: ‘venid y lo
veréis’. Y, cuando la persona de fe atraviesa el espejo-como la Alicia
narrada en el cuento- también se esconde, justo cuando asiente con lo del ‘otro
lado’ del espejo. Lo certifica Pablo (Col 3,3: kékryptai ). La persona de fe se esconde, incluso a su propia
mirada.
Un
iceberg es toda persona que sale de la profundidad de Dios. Sus raíces son la
insondable soledad de Dios y la recóndita soledad de sí mismo. Y, cuando ambos
se encuentran nace ese misteriosamente bello acontecimiento, que es ‘orar’, ‘donde nadie parecía’. La fe y el ahora se refieren mutuamente. Y rompen las distancias. ¿Acaso
también las referencias? ¿O acaso todo es referencia? Meister Eckhard
(dominico, 1260-1327) preguntado: -‘Maestro, ¿Cuándo muera a dónde irá?’ –‘A ninguna parte’-respondió. Respuesta
equívoca válida para un ateo, que afirma que ‘Dios no existe…’. Y digna de un
místico que afirma que ‘Dios está en todas partes’.
Y,
dentro de ese silencio, parte fundamental de la vida interior, es preciso
aprender a vivir dejándose educar en el lenguaje silencioso de Dios, sin ruido
de palabras. La ‘receta’ es estar muy
quieto por dentro’. El orante hace de esa escucha, aparentemente inútil, un ejercicio permanente de
subsistencia (Ha 2,4; Rm 1,17).
Uno de
trapenses y no es chiste. “Lo digo de
verdad-replicó el prior muy serio- La parte física de nuestra vida no es la más
dura. La gente nos ve trabajar como esclavos oye decir que durante la mayor
parte del año observamos el ayuno negro, que nunca nos levantamos después de
las dos de la mañana y con todo eso se quedan espantados. Pero esa no es la
parte difícil de la vida trapense. Eso no es nada comparado con la permanente
disciplina de alma que se nos exige.
Cuando el cuerpo, los sentidos y el alma de un hombre están abrumados,
fatigados mortalmente cuando día tras día camina a la luz de la fe, que a veces
se debilita hasta oscurecerse, entonces es cuando el trapense encuentra difícil
su vocación. Entonces tiene que ponerse a la altura de su máxima virilidad
cristiana y caminar adelante a través de la oscuridad que se cierra sobre él.
Tiene que seguir adelante sin temor ni vacilación, sin contar siquiera con la
luz de una estrella que le guíe. Ese es el verdadero desafío de la vida
trapense: la exigencia de una fe ardiente”[2].
La
dificultad de la fe no es aceptar ‘verdades abstractas’; es, ante todo, saber
permanecer conectados con una presencia que no se ve ni se oye pero que nos
afecta. Vienen bien los versos:
"¡Lo viste!
- Sí, ¡lo veo!
Y es
que la fe no es ceguera; es otra manera de ver y el ámbito de nuestra
presencia: la silenciosa, la escondida.
La
mayoría habla de: ‘La forma en que
educamos’; otros proclaman: ‘Eduquemos
de otro modo’, y otros, rompiendo la barrera del sonido, insinúan: ‘Eduquemos sin modos ni maneras’. No es
la anarquía; es la educación para ‘tocar’, para ‘dejarse tocar’ por el
misterio; para ‘ver’ sin modo ni manera-dice
Juan de la Cruz.
Como
compensación a nuestra posible frustración, aunque leve regalo, regalo un Haiku[4] japonés; es un poemita, que atrapa el
‘instante’. Y el instante es una contracultura.
Lástima
que el envase, aún es cultura; pero, esperad a que el envase se quiebre y
libere su verdad. ¡Será el instante! Esa formulación de la contracultura del ser y
estar frente al tener y hacer:
‘Una
gotera.
Suena
el trueno en la casa;
arde
una vela’.
Si uno
pudiese repetir lo de una mística de la calle, que escribió en su diario lo que
le habían dicho que dijera:
“Me
gusta que sepas reconocerme
y
decir con los ojos vendados: ¡es El!”.
(Gabriela Bossis)
Nicolás de Ma. Caballero, cmf.
[1] En las culturas religiosas, iniciatorio, iniciación, iniciático,
no tiene solamente el sentido de ‘comenzar’, de ‘empezar’ algo, sino, sobre
todo de ‘comenzar a tocar como de
cerca, el misterio’.
[2] M.
Raymon, Incienso quemado, Studium, Madrid, 1959, 120.
[4] Composición poética japonesa
de diecisiete sílabas consistente en tres unidades métricas de 5 - 7 - 5
sílabas.
miércoles, 5 de junio de 2013
domingo, 2 de junio de 2013
sábado, 1 de junio de 2013
Sólo el silencio es iniciático (III)
‘Entre el hacer y el soñar
queda lo que más importa:
despertar’
(A. Machado).
Un texto relevante, relativo a la iniciación
el de Mc 4,11: ‘Y les dijo: "A vosotros es dado saber (‘gnonai’
= conocer por experiencia) el misterio del reino de Dios; mas a los que
están fuera (‘exo’). El que conoce está dentro: estar dentro es
conocer. No conocer es estar ‘fuera’
(‘Exo’); es el hombre ‘exterior’, sin ‘conocimiento’;
‘profano’ (2Co, 4, 16).
Entrar, salir; estar dentro, estar
fuera, es el gran dilema de la iniciación y de la sabiduría cristiana.
Iniciarse, ser iniciado, es comenzar a ser sabio, no quedarse ‘fuera’, en el
rito, en la celebración sino comenzar a
estar en la quietud del misterio. ‘Dentro (ésothen)‑fuera (exo); conocer‑desconocer’, ‘sabiduría‑necedad, son límites entre
los que se mueve nuestra posibilidad entre lo santo y lo profano, entre la
interioridad y la exterioridad; entre el tener un corazón que escucha o la alternativa
trágica de ‘tener ojos y no ver’; tener ‘oídos y no oír’.
Si la conciencia,
que es fundamentalmente ‘mirada silenciosa’, no trasciende las palabras y los
ritos, todo quedará sin fundamento y será verdad que quien comenzó a edificar
no pudo terminar (Lc 10,40). Frente a los que elaboran
bien, incluso meticulosamente circunstancias propias para el ‘despertar’
(experiencia del misterio), la primera lección por aprender es:
"No es cuestión
del lugar a donde debes ir, o de si
debes unirte a un grupo. La cuestión es saber si estás correctamente preparado
para aprender a aprender" [1].
La circunstancia nunca
crea el contacto con el misterio. No obstante:
“No niego que no sea
interesante, y hasta útil, conocer todas las tentativas que los humanos han
hecho, desde hace siglos y milenios, para penetrar los misterios del universo y
acercarse a la Divinidad ,
pero eso no basta. (…) hay que hacer un esfuerzo para realizar ese ideal. Uno
se queda asombrado cuando ve que algunos de los que hacen discursos sobre la
grandeza y la sabiduría de los iniciados
siguen siendo pequeños, mezquinos, débiles e incapaces de conducir
razonablemente su vida”[2].
Sin saberlo, algunos
podemos estar haciendo el ridículo del que, no obstante, no salva-creo- la
sinceridad con la que procedemos, aunque no salgamos de la ignorancia en la que
estamos establecidos.
Iniciación a la oración cristiana
El ‘fracaso’ puede significar un momento propicio
para que Dios nos ‘inicie’ en su misterio y podamos construir con solidez, no
sólo sobre palabras o gestos. La iniciación real se basa
no en explicaciones nuevas sino en ascensiones nuevas, o profundizaciones nuevas.
La ‘iniciación’ está, por antonomasia, fundamentada en el misterio de la oración cristiana: la contemplación. El verdadero acto
‘iniciatorio’ es la oración interior.
“Ciertamente, los fieles que han
recibido el don de la vocación a una vida de especial consagración están
llamados de manera particular a la oración: por su naturaleza, la consagración
les hace más disponibles para la experiencia contemplativa, y es importante que
ellos la cultiven con generosa dedicación. Pero
se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con
una oración superficial, incapaz de llenar su vida. Especialmente ante
tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, no sólo serían
cristianos mediocres, sino « cristianos con riesgo ». En efecto, correrían el
riesgo insidioso de que su fe se debilitara progresivamente, y quizás acabarían
por ceder a la seducción de los sucedáneos, acogiendo propuestas religiosas
alternativas y transigiendo incluso con formas extravagantes de superstición. Hace falta, pues, que la educación en la
oración se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda
programación pastoral”[3].
Claro que necesitamos teólogos, pero, sobre
todo, necesitamos ‘mistagogos’: personas que ayuden a realizar el misterio
cristiano, ‘el misterio-Jesús’.
“Uno
de los grandes vacíos en la
Iglesia actual es la falta de maestros de oración que sepan
introducir y orientar, desde su propia experiencia, en los caminos de la
oración. Padres y madres espirituales que enseñen los caminos de Dios. Uno de
los mayores problemas de una Iglesia que pretende renovar su espíritu
evangelizador es saber que necesita una oración nueva, pero no cuenta con hombres
y mujeres que sepan enseñar a orar” [4].
En definitiva la
iniciación es una ‘poética’ que realiza Dios cuando nos deja entrar en su
silencio. Entiendo poética como algo que ‘se hace’ (de ‘poieo’, póiesis). ¡Qué bello poema el de la persona iniciada!
Necesitamos
personas que nos ayuden a desarrollar ‘esa forma de sed’ que nos ‘inicia’, que
nos permite ‘entrar’ y no quedarnos ‘fuera’ (‘exo’) en la estructura de las formas, sin la verdad del misterio,
que nos realiza aun ‘sin saber cómo’.
Nuestra cultura no
es, desgraciadamente, ‘iniciática’. Los procesos lingüísticos y acumulativos
predominan; los ‘saberes’ han sustituido, en gran medida, a la sabiduría. Podemos hacer algo, aun conscientes de que la
sabiduría la da Dios y la da con abundancia aunque dentro de unas condiciones de
oración perseverante; pero podemos favorecer unas circunstancias que, de manera
imprecisa, llamo, condiciones pedagógicas para ‘despertar’, ‘entrar’, ‘ser
sabio’, tener ‘mente de principiante’; ‘tener oído de iniciado’, ‘saber escuchar’.
Lo que el lenguaje inglés llama ‘the still point’, el punto quieto’ que ya
Isabel de la Trinidad
formuló más certeramente como ‘inmóvil y
apacible’. Sería un reproche para quienes hacemos profesión de fe cristiana
que se nos dijera: ‘Si conocieras…’ (Jn 4,10). Si nos lo dice quien ‘sabe’,
significa que aún estamos ‘fuera’ (‘exo’).
Nicolás de Ma. Caballero, cmf.
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