sábado, 15 de junio de 2013

Aproximación a la interioridad (I)

Andaba yo como el Eunuco de Candaces, reina de Etiopía, que lo cuenta la Biblia, dando vueltas, haciéndole preguntas a un texto leído recientemente: ‘Entra dentro de ti, donde Dios te espera’. No entendía  ese ‘dentro’ que sólo por referencia a ‘fuera’ podía atisbar. Y nadie me lo explicaba. ¡Eso sí! Una anécdota hoy recurrente, con el mismo mensaje, aunque suavizado por el tiempo y a punto de ser insignificante, me despertó. ‘En un principio todos éramos dioses. Pero dentro de una jerarquía había dioses mayores y dioses menores. Y los hombres, dioses menores, pecamos y el Dios grande consultó con los dioses intermedios para aconsejarse sobre dónde tenía que esconder el gran poder que los hombres tenían y del que, por su pecado, les iba desposeer. Le dijeron que lo escondiera arriba, arriba, bien arriba… Y Dios grande dijo que no, ya que los hombres con el tiempo subirían y lo encontrarían. Le dijeron que abajo, bien abajo. Y tampoco lo creyó oportuno porque los hombres bajarían y lo encontrarían. Ante el silencio de los dioses consejeros, Dios grande dijo: ‘Ya sé dónde lo voy a esconder. Lo esconderé dentro de cada uno, porque ahí no se les va a ocurrir ni mirar’.

Y un día volvió a surgir como una enfermedad mal curada. Un día en que algo desorientado en el plano de un gran edificio oficial, llamé a la puerta de una oficina alguien, desde dentro, dijo: - ¡Entre!

De repente y sin saber por qué, sentí que todo me daba vueltas. No entré; me había equivocado de puerta y, como avergonzado, me retiré calladamente mientras oída más lejos y algo destemplada ya, la misma ‘invitación: ¡Entre! ¡La puerta está abierta…!’ Las últimas palabras sólo las adiviné… Como quien entiende todo al revés o desde un sorprendente descondicionamiento, ‘entre’ era una invitación más honda, más seria, menos ligada a puertas oficiales o a sencillos departamentos donde la gente vive. Sentí que era una invitación-venida de la nada, en apariencia- a habitar mi propia casa donde en aquel momento ‘no vivía nadie’.

¿Era una gracia? ¿Era una autosugestión? De todos los modos me acordé de aquella afirmación del Zen: para quien está preparado el caer de un simple hoja, podía ser la ocasión para un ‘satori’ (‘éxtasis’).

¿Cómo entrar en la propia casa desocupada? Desde que todo lo reducimos a pesas y medidas; a cantidades y a ‘imagen’ de sí, el hombre ha roto amarras de su propio centro. ¿No será al revés? ¿Cómo puede una persona regenerarse? La persona no puede realizarse de verdad sin sensibilizarse a Dios. Y la sensibilidad hacia Dios tiene que ver primeramente con sensibilizarse a ‘uno mismo’. ‘Uno mismo’ no refiere una abstracción; se refiere a la propia interioridad y profundidad. Lo que nos determina a buscar la regeneración es la necesidad de ‘regresar’ a ‘casa’: a ese ‘centro que hemos perdido y que hemos sustituido insuficientemente, por la vida en superficie y de superficie hasta hacernos irrelevantes y vanos. Es la constatación de esa tragedia colectiva de la ‘ausencia’, y el reconocimiento de que en la medida en que [el hombre] se pierde a sí mismo, pierde también a Dios[1].

Regenerarse implica la humilde confesión de ‘estar ausentes’, sentir la ‘nostalgia’ del regreso hacia un ‘lugar sin lugar’, que es uno mismo. La responsabilidad de encontrar a Dios exige la otra responsabilidad, hasta cierto punto previa, de tener que encontrarse a sí mismo para poder encontrar a Dios

El hecho de que en ciertos hombres Dios esté callado, no prueba que Dios no exista, sino solamente que el hombre  se ha perdido a sí mismo y, en primer lugar, lo que hay en él de más profundo, de más íntimo, de más valioso. En la Presencia ignorada de Dios, Víctor E. Frankl habla de un inconsciente espiritual, una piedra en el zapato del hombre que, creyendo estar despierto, experimenta una carencia cuyo origen no verbaliza y que no puede explicarse. Al inconsciente espiritual le falta un ‘detalle’: la transcendencia…

Es necesaria una reforma del hombre para que vuelva a su tratar consigo mismo y pueda sentir de nuevo el toque, la llamada de Dios que cuando llama, quiere encontrarnos ‘en casa’. Regresar a casa supone una ‘transforma-ción’, o la recuperación de la conciencia, más allá de las formas. Éstas son únicamente circunstancias, que no definen nuestra identidad. El hombre no es una ‘circunstancia’ ni un satélite que orbita alrededor de lo que le ocurre. Él es la máxima ‘ocurrencia’; él es un acontecimiento ‘central’.

Su interioridad le define y lo realiza, dándole, paradójicamente, la conciencia de que no está completo sin  una referencia que le sale de la entraña misma: ‘Ser una relación de amor’. Ahí fracasa el psicólogo y sólo el místico puede realizar toda la verdad de una persona y la más perfecta interioridad.

En parte, asusta la idea de ‘interioridad’. También en parte, la identificamos con el modelo oscurantista de quien ‘se aleja’, ‘se encierra’, ‘se aísla’ en un ‘adentro indefinido’ o en un refugio contra el miedo. La interioridad quita el miedo, no permite la construcción de una personalidad neurótica, nos pone a la intemperie siendo lo que somos ‘de verdad’: es la verdad de uno mismo. La interioridad siempre es una manera de referirnos al ‘silencio que somos’; no a una forma de ausencia. Pero, el silencio, aun sólo como referencia, es otra cuestión, u otra cara de la cuestión. Pero, para podernos encontrar, antes hemos de pasar por la angustia de ‘sabernos perdidos’.

“En las tradiciones religiosas, la renovación es a menudo precedida de una percepción de que el hombre a ido demasiado lejos en ‘lo mundano’, en lo externo de la vida, y ha perdido el acceso a las fuerzas superiores dentro de sí. El ‘misticismo’ en sus formas conocidas aparece frecuentemente como una reacción contra ese excesivo volcarse hacia afuera de la mente y del corazón humanos.”[2].

La alienación que caracteriza a los hombres y mujeres de hoy es una situación de decadencia que la naturaleza misma no puede soportar de formar indefinida.

Después de tanta barbarie y alejamiento de Dios, una cierta lógica, pide la reacción de vuelta a los orígenes. Desde el punto de vista evangélico significará el regreso del hijo pródigo y, desde el metafórico, es la vuelta a nuestras raíces: "El valor del árbol en invierno no radica en sus hojas o en sus flores, sino en su función de laboratorio silencioso; en su retirada dentro de sí. Nuestra silenciosa evolución actual es también una retirada o interiorización en la que abandonamos nuestras inquietudes externas para dirigirlas a las de nuestras raíces".


Es, de alguna manera, regresar a nuestra invisibilidad, esa bella expresión y realidad de la que san Pedro habla: ‘… el hombre escondido del corazón’. Hoy no resulta fácil en nuestra cultura de la exterioridad y en la ligereza con que tratamos hasta la palabra profundidad.

"Vivimos en una edad preocupada por las cuestiones sociales, y que lanza un desafío para que los católicos justifiquen su fe a partir de los éxitos que obtengan al tratar de solucionar, concretamente, estos problemas [los problemas sociales]. [... pero] la necesidad más urgente es que los hombres sean conscientes de Dios"[3].

Al terminar esta sencilla referencia de mi pensamiento, siempre fragmentario, todavía me resuena la voz que desde ‘dentro’ me decía: ‘Entre’… Y me da vergüenza el haberme avergonzado…




[1] JASPERS, citado por J. LOTZ, Psicología del ateísmo, Madrid, 1967, p. 46.
[2] J. Needleman, El cristianismo olvidado, Edit. Estaciones, Argentina 1992, 245.
[3] ANSELM MOYNIHAM, Siempre presencia de Dios, p. 17s.

sábado, 8 de junio de 2013

La oscuridad, escenario de nuestra presencia


Un poeta, buscando la respuesta a ¿qué es la poesía?, escribió: Pero la noche existe/y la palabra lo sabe. Juan de la Cruz, otro poeta, entra en esa noche, no para saberla en palabras, sino para despojarla: ‘Entreme donde no supe’. Para vivir la noche como un acontecimiento único: ‘en una noche oscura/salí sin ser notada/estando ya mi casa sosegada…

La noche es el gran suceso ‘iniciatorio’[1], cuando no se la desvirtúa y se respeta su silencio y el ‘contacto’, callado o ‘presentido’, con realidades que nos rondan. Y cuando la noche es metáfora-en una noche oscura-, se convierte en nuestros místicos en la noche de Dios, siguiendo el sublime prototipo de la Sabiduría 18, 14: ‘Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía y la noche se encontraba en la mitad de su carrera…’. No se ve, no porque lo impidan las tinieblas, sino porque nuestros ojos son inadecuados para ¡tanta luz, que ciega!  Hacer de la oscuridad otra forma de luz es lo que nos pide la carta a los Hebreos: ‘crean como si vieran’ (Hb 11,27 ). Es maravilloso saber que ‘donde muere el razonamiento, nace el acontecimiento’. Estar presentes en esa presencia oscura es nuestro destino y el ámbito de nuestra seguridad ya que la oscuridad de Dios es más clara que lo más claro de los hombres. La fe, varilla palpadora del ciego, al pasar, va ‘tanteando’ la oscuridad y el paisaje que esconde; investiga el espacio.

La dimensión ‘profunda’ de todo es Dios. Y ‘en todo’ abre caminos que invitan a la inmersión en su misterio: ‘venid y lo veréis’. Y, cuando la persona de fe atraviesa el espejo-como la Alicia narrada en el cuento- también se esconde, justo cuando asiente con lo del ‘otro lado’ del espejo. Lo certifica Pablo (Col 3,3: kékryptai ). La persona de fe se esconde, incluso a su propia mirada.

Un iceberg es toda persona que sale de la profundidad de Dios. Sus raíces son la insondable soledad de Dios y la recóndita soledad de sí mismo. Y, cuando ambos se encuentran nace ese misteriosamente bello acontecimiento, que es ‘orar’, ‘donde nadie parecía’. La fe y el ahora se refieren mutuamente. Y rompen las distancias. ¿Acaso también las referencias? ¿O acaso todo es referencia? Meister Eckhard (dominico, 1260-1327) preguntado: -‘Maestro, ¿Cuándo muera a dónde irá?’ –‘A ninguna parte’-respondió. Respuesta equívoca válida para un ateo, que afirma que ‘Dios no existe…’. Y digna de un místico que afirma que ‘Dios está en todas partes’.

Y, dentro de ese silencio, parte fundamental de la vida interior, es preciso aprender a vivir dejándose educar en el lenguaje silencioso de Dios, sin ruido de palabras. La ‘receta’ es estar muy quieto por dentro’. El orante hace de esa escucha, aparentemente  inútil, un ejercicio permanente de subsistencia (Ha 2,4; Rm 1,17).

Uno de trapenses y no es chiste. “Lo digo de verdad-replicó el prior muy serio- La parte física de nuestra vida no es la más dura. La gente nos ve trabajar como esclavos oye decir que durante la mayor parte del año observamos el ayuno negro, que nunca nos levantamos después de las dos de la mañana y con todo eso se quedan espantados. Pero esa no es la parte difícil de la vida trapense. Eso no es nada comparado con la permanente disciplina  de alma que se nos exige. Cuando el cuerpo, los sentidos y el alma de un hombre están abrumados, fatigados mortalmente cuando día tras día camina a la luz de la fe, que a veces se debilita hasta oscurecerse, entonces es cuando el trapense encuentra difícil su vocación. Entonces tiene que ponerse a la altura de su máxima virilidad cristiana y caminar adelante a través de la oscuridad que se cierra sobre él. Tiene que seguir adelante sin temor ni vacilación, sin contar siquiera con la luz de una estrella que le guíe. Ese es el verdadero desafío de la vida trapense: la exigencia de una fe ardiente”[2].

La dificultad de la fe no es aceptar ‘verdades abstractas’; es, ante todo, saber permanecer conectados con una presencia que no se ve ni se oye pero que nos afecta. Vienen bien los versos:

                        "¡Lo viste!
                         - Sí, ¡lo veo!
                        ¡Me pusiste el vendaje
  de la fe, con tu prisa, bien mal puesto![3].

Y es que la fe no es ceguera; es otra manera de ver y el ámbito de nuestra presencia: la silenciosa, la escondida.

La mayoría habla de: ‘La forma en que educamos’; otros proclaman: ‘Eduquemos de otro modo’, y otros, rompiendo la barrera del sonido, insinúan: ‘Eduquemos sin modos ni maneras’. No es la anarquía; es la educación para ‘tocar’, para ‘dejarse tocar’ por el misterio; para ‘ver’ sin modo ni manera-dice Juan de la Cruz.

Como compensación a nuestra posible frustración, aunque leve regalo, regalo un Haiku[4] japonés; es un poemita, que atrapa el ‘instante’. Y el instante es una contracultura.

Lástima que el envase, aún es cultura; pero, esperad a que el envase se quiebre y libere su verdad. ¡Será el instante! Esa formulación de la contracultura del ser  y estar frente al tener y hacer:

‘Una gotera.
Suena el trueno en la casa;
arde una vela’.

Si uno pudiese repetir lo de una mística de la calle, que escribió en su diario lo que le habían dicho que dijera:

“Me gusta que sepas reconocerme
y decir con los ojos vendados: ¡es El!”.
(Gabriela Bossis)


Nicolás de Ma. Caballero, cmf.




[1] En las culturas religiosas, iniciatorio, iniciación, iniciático, no tiene solamente el sentido de ‘comenzar’, de ‘empezar’ algo, sino, sobre todo de ‘comenzar a tocar como de cerca, el misterio’.
[2] M. Raymon, Incienso quemado, Studium, Madrid, 1959, 120.
[3] Juan Ramón Jiménez.
[4] Composición poética japonesa de diecisiete sílabas consistente en tres unidades métricas de 5 - 7 - 5 sílabas.

sábado, 1 de junio de 2013

Sólo el silencio es iniciático (III)


‘Entre el hacer y el soñar
queda lo que más importa:
despertar’ (A. Machado).

Un texto relevante, relativo a la iniciación el de Mc 4,11: ‘Y les dijo: "A vosotros es dado saber  (‘gnonai’ = conocer por experiencia) el misterio del reino de Dios; mas a los que están fuera (‘exo’). El que conoce está dentro: estar dentro es conocer.  No conocer es estar ‘fuera’ (‘Exo’); es  el hombre ‘exterior’, sin ‘conocimiento’; ‘profano’ (2Co, 4, 16).

Entrar, salir; estar dentro, estar fuera, es el gran dilema de la iniciación y de la sabiduría cristiana. Iniciarse, ser iniciado, es comenzar a ser sabio, no quedarse ‘fuera’, en el rito, en la celebración sino comenzar  a estar en la quietud del misterio. Dentro (ésothen)‑fuera (exo); conocer‑desconocer’, ‘sabiduría‑necedad, son límites entre los que se mueve nuestra posibilidad entre lo santo y lo profano, entre la interioridad y la exterioridad; entre el tener un corazón que escucha o la alternativa trágica de ‘tener ojos y no ver’; tener ‘oídos y no oír’.

Si la conciencia, que es fundamentalmente ‘mirada silenciosa’, no trasciende las palabras y los ritos, todo quedará sin fundamento y será verdad que quien comenzó a edificar no pudo terminar (Lc 10,40).  Frente a los que elaboran bien, incluso meticulosamente circunstancias propias para el ‘despertar’ (experiencia del misterio), la primera lección por aprender es:

"No es cuestión del lugar  a donde debes ir, o de si debes unirte a un grupo. La cuestión es saber si estás correctamente preparado para aprender a aprender" [1].

La circunstancia nunca crea el contacto con el misterio. No obstante:

No niego que no sea interesante, y hasta útil, conocer todas las tentativas que los humanos han hecho, desde hace siglos y milenios, para penetrar los misterios del universo y acercarse a la Divinidad, pero eso no basta. (…) hay que hacer un esfuerzo para realizar ese ideal. Uno se queda asombrado cuando ve que algunos de los que hacen discursos sobre la grandeza y la sabiduría de los iniciados siguen siendo pequeños, mezquinos, débiles e incapaces de conducir razonablemente su vida”[2].

Sin saberlo, algunos podemos estar haciendo el ridículo del que, no obstante, no salva-creo- la sinceridad con la que procedemos, aunque no salgamos de la ignorancia en la que estamos establecidos.
 
Iniciación a la oración cristiana

El ‘fracaso’ puede significar un momento propicio para que Dios nos ‘inicie’ en su misterio y podamos construir con solidez, no sólo sobre palabras o gestos. La iniciación real se basa no en explicaciones nuevas sino en ascensiones nuevas, o profundizaciones nuevas.

La ‘iniciación’ está, por antonomasia, fundamentada en el misterio de la oración cristiana: la contemplación. El verdadero acto ‘iniciatorio’ es la oración interior.

“Ciertamente, los fieles que han recibido el don de la vocación a una vida de especial consagración están llamados de manera particular a la oración: por su naturaleza, la consagración les hace más disponibles para la experiencia contemplativa, y es importante que ellos la cultiven con generosa dedicación. Pero se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida. Especialmente ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, no sólo serían cristianos mediocres, sino « cristianos con riesgo ». En efecto, correrían el riesgo insidioso de que su fe se debilitara progresivamente, y quizás acabarían por ceder a la seducción de los sucedáneos, acogiendo propuestas religiosas alternativas y transigiendo incluso con formas extravagantes de superstición. Hace falta, pues, que la educación en la oración se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral[3].

Claro que necesitamos teólogos, pero, sobre todo, necesitamos ‘mistagogos’: personas que ayuden a realizar el misterio cristiano, ‘el misterio-Jesús’.

“Uno de los grandes vacíos en la Iglesia actual es la falta de maestros de oración que sepan introducir y orientar, desde su propia experiencia, en los caminos de la oración. Padres y madres espirituales que enseñen los caminos de Dios. Uno de los mayores problemas de una Iglesia que pretende renovar su espíritu evangelizador es saber que necesita una oración nueva, pero no cuenta con hombres y mujeres que sepan enseñar a orar” [4].

En definitiva la iniciación es una ‘poética’ que realiza Dios cuando nos deja entrar en su silencio. Entiendo poética como algo que ‘se hace’ (de ‘poieo’, póiesis). ¡Qué bello poema el de la persona iniciada!

Necesitamos personas que nos ayuden a desarrollar ‘esa forma de sed’ que nos ‘inicia’, que nos permite ‘entrar’ y no quedarnos ‘fuera’ (‘exo’) en la estructura de las formas, sin la verdad del misterio, que nos realiza aun  ‘sin saber cómo’.

Nuestra cultura no es, desgraciadamente, ‘iniciática’. Los procesos lingüísticos y acumulativos predominan; los ‘saberes’ han sustituido, en gran medida, a la sabiduría.  Podemos hacer algo, aun conscientes de que la sabiduría la da Dios y la da con abundancia aunque dentro de unas condiciones de oración perseverante; pero podemos favorecer unas circunstancias que, de manera imprecisa, llamo, condiciones pedagógicas para ‘despertar’, ‘entrar’, ‘ser sabio’, tener ‘mente de principiante’; ‘tener oído de iniciado’, ‘saber escuchar’. Lo que el lenguaje inglés llama ‘the still point’, el punto quieto’ que ya Isabel de la Trinidad formuló más certeramente como ‘inmóvil y apacible’. Sería un reproche para quienes hacemos profesión de fe cristiana que se nos dijera: ‘Si conocieras…’ (Jn 4,10). Si nos lo dice quien ‘sabe’, significa que aún estamos ‘fuera’ (‘exo’).

Nicolás de Ma. Caballero, cmf.




[1]Idries Shah,  Aprender a aprender, Bs. As. Paidós, 1988, p. 62.
[2] Omraam Mikhaël Aïvanhov, ¿Qué es un Maestro espiritual?, Ediciones Proveta, Fréjus Cedes (Francia) 19882, pp.56-61.
[3] Juan Pablo II ,Novo Millennio ineunte’,34.
[4] J. A, Pagola, Vida contemplativa y evangelización,  Publicaciones IDATZ, Argitalpenak, San Sebastián, 1996, 30.

martes, 20 de julio de 2010

Sólo el silencio es iniciático (II)

Asistía a mi retiro un matrimonio. Tanto la mujer como el hombre estaban felices. La esposa estaba muy familiarizada con mi modo de conducir el camino interior y la oración; el marido veía por primera vez. En viaje de regreso a su hogar el marido le preguntó a su mujer: ‘¿has aprendido algo nuevo? Ella le respondió: ‘no es esa la cuestión; se trata de profundizar’...’. El marido estaba en un nivel de palabras, un nivel no iniciático. No era el caso de la esposa, me consta.

Muchas personas, saturadas de conocimientos (mázesis1) ‘adquiridos’, carecen del menor atisbo sapiencial sobre el misterio, de la realidad ‘misteriosa’, callada, que sólo se ‘desvela en el silencio de la conciencia2 y en la limpieza de corazón’ (Mt 5,8).

"... una persona religiosa no es alguien que busca conocimiento. Una persona que busca conocimiento puede ser un teólogo, un filósofo, pero no una persona religiosa. Una mente religiosa acepta lo que es fundamentalmente un misterio, fundamentalmente incognoscible, aceptando el éxtasis y la paz de la ignorancia"3.

Existen niveles de iniciación y niveles de explicación. Necesariamente no se suponen el uno al otro. Puede haber personas muy instruidas y aún no iniciadas; que lo saben todo, pero carecen de sabiduría y de aquellas condiciones elementales que hacen posible la presencia eficaz del misterio.

La iniciación no nace de explicaciones sino de ‘implicaciones’, de silencios; no nace de añadirse algo, sino de ‘despojos’ sucesivos’. ‘Iniciación’ implica silenciar la conciencia y corazón. Todo lo que facilita el silencio de la conciencia y del corazón permite la iniciación. Ésta es gradual y, por eso mismo, existen muchos niveles o grados de iniciación; tantos como silencios que permiten ‘callar’ (Mýo y Mystés aluden a misterio, a algo ‘callado’, no revelado).

Necesitamos comenzar a cambiar las ideas sobre las condiciones en las que la conciencia se realiza. La condición normal de la conciencia y del corazón es el silencio. Por desgracia, la circunstancia endémica, ‘frecuente, establecida como normalidad, es la superficialidad, la dispersión y el enjambre de ‘quereres’ (Subida I, 4,6; I,4,5; I,11,6).

El hombre ‘iniciado’ es renovado por la fuerza de un ‘contacto’ favorecido por la cercanía del silencio y por el despojo de la voluntad. Toda iniciación comporta el aprendizaje de una elemental ‘pobreza de alma y cuerpo’. Dios no tiene la oportunidad de ‘revelarse’ en la ‘estructura’ de una conciencia seriamente alterada por la superficialidad, la dispersión y la ausencia. Es necesario comenzar a darle unidad, hondura, estabilidad y orientación.

La iniciación es un proceso de ‘liberación de la conciencia’; de descondicionamiento de la conciencia; de limpieza de la mirada4.
En el ámbito de la vida cristiana, es preciso recuperar el concepto de ‘iniciación’, de ‘iniciático’, no solamente como la recepción de unos sacramentos llamados de ‘iniciación cristiana’ sino, sobre todo, es preciso entenderla y realizarla como ‘vivencia’ o ‘experiencia’, ‘mente de principiante’, no atiborrada de conceptos sino configurada por el silencio.

La iniciación, siendo fundamentalmente silencio, implica también capacidad de ‘aprender a desaprender’. Juan de la Cruz, en parte, al menos, lo incluye en lo que llama ‘olvido’, esa forma singular de ‘amnesia’, de ‘quedeme y olvideme’, de olvido de palabras y condicionamientos, para descansar en el Acontecimiento. Sobre todo se ha de pasar al no saber (‘Subida’ II. 4, 4).
“Al que se ha de ir uniendo a Dios, conviénele que crea su ser. [Y ha de] ser a oscuras de todo cuanto puede entrar por el ojo, y de todo lo que se puede recibir con el oído, y se puede imaginar con la fantasía, y comprehender con el corazón, que aquí significa el alma.
Un dirigente de grupos de meditación, con cierta desazón, afirma: ‘Cuando empecé a hacer reuniones en París en 1983, venían una multitud de hombres y mujeres que habían visitado ya no sé cuántas Enseñanzas. Vinieron, pues, también a la nuestra y, después de algún tiempo, cuando creyeron que habían aprendido todo lo que se podía enseñar, se fueron a otro lado... ¡a aprender aún algo más! Pero, ¿qué trabajo interior se puede hacer en estas condiciones? Volví a encontrarme con algunos de ellos unos años más tarde: habían continuado yendo a todas partes y a ninguna, y su rostro desolado mostraba que no habían hecho ningún progreso en el sentido de la verdadera espiritualidad. En los santuarios del pasado los Iniciados no sobrecargaban de conocimientos a sus discípulos. Simplemente les revelaban algunas verdades esenciales, y correspondía a los discípulos vivirlas e impregnarse de ellas. Los Maestros ponían en estas palabras todo su amor, toda su alma, todo su espíritu, y los discípulo las tomaban, las saboreaban, las absorbían; se alimentaban, más que de las palabras mismas, de la vida que había detrás de ellas. Mientras que ahora, sobre todo en Occidente, la gente no tiene esta sensibilidad que permite encontrar la vida que aportan las palabras, para alimentarse, reforzarse y transformarse gracias a esta vida. Toman apuntes fríamente, sin haber sentido ni vivido nada. Y entonces es un fracaso: toda esta vida que podía iluminarles, curarles, resucitarles, no la reciben, y se les escapa, se va hacia otros. Vuestra alma y vuestro espíritu son los que deben estar en primer lugar, no vuestro intelecto, y gracias, simplemente a unas palabras que han sido pronunciadas, podréis un día viajar por el espacio [interior y, sobre todo, por dentro de Dios]5.

Nicolás de Ma. Caballero, cmf.